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OPINION
La plusvalía según el hombre cacelora

Por Fabián Vique

Hace un tiempo hicimos una radiografía general del hombre cacerola, aquel personaje que expresa el sentir de una clase más que social espiritual, porque se manifiesta en sus versiones Extra, Medium y Small. Ahora que el individuo cacerolil no es protagonista principal de la historia y permanece en estado de hibernación (siempre a la espera del momento de salir a la superficie con toda la pompa y la circunstancia que se merece), es un buen momento para tratar de desentrañar algunas piedras fundamentales de su pensamiento político. Para entrar en materia proponemos unas escenas callejeras en las que es posible observar, como en un laboratorio, el comportamiento del hombre en cuestión. Escenas callejeras
Escena 1: un concejal y un peluquero se insultan acaloradamente en la vía pública. ¿De qué lado se pone el hombre cacerola?
Escena 2: el carrito de un cartonero y la 4 x 4 de un empresario colisionan en una esquina. ¿A quién le da la razón?
Escena 3: Una maestra y la madre de una niña discuten con furia en la puerta de un colegio. ¿Quién merece el apoyo del hombre cacerola?
Sabemos que usted, cordial lector o lectora, dirá que con esa información la balanza no debe inclinarse por ninguno de los dos fieles. Con toda justicia sugerirá que a la pregunta le faltan elementos para ponerse de uno u otro lado. Por ejemplo, si en la discusión entre el legislador municipal y el estilista alguno de los dos era asistido por la razón. O si en la disyuntiva empresarial cartonera uno de los dos había, por ejemplo, infringido alguna ley de tránsito. O si la maestra o la madre actúan con idéntica buena fe, conocimiento de la situación y respeto por la otra persona.
Sin embargo, el hombre cacerola no opera de esa manera. No necesita todos los elementos para emitir un juicio. El hombre cacerola toma partido inmediatamente. En la escena 1, con el peluquero, en la segunda escena con el empresario y en la tercera con la madre de la criatura.
La causa de ese alineamiento automático no hay que buscarla en un razonamiento particular sino en cierto "aire de época", según el cual todo aquel que es pobre o que recibe un sueldo del estado, a priori, está en falta; mientras que quien se desempeña en el ámbito privado, prima facie, está del lado de los buenos. No pocas veces se ha escuchado y no sólo en las vereditas de Haedo, que algunos "se ganan la plata trabajando" mientras que a otros "les pagamos nosotros con nuestros impuestos". Este tipo de frase pertenece al acervo básico del hombre cacerola y divide el mundo como a él le gusta: en buenos y malos. Pero detengamos la atención en esta clasificación de las personas basada en el origen de los ingresos. ¿Por qué al hombre cacerola le parece natural pensar que "todos nosotros" le pagamos el sueldo al concejal y no al peluquero ni al empresario? El dinero circula, prácticamente su razón de ser es la circulación. Si un enfermero de un hospital público compra un par de zapatos en una zapatería, ¿no se puede pensar que ese dinero proviene de la administración estatal? ¿no está el zapatero recibiendo los beneficios de un dinero estatal? Y por otro lado, ¿no le pagamos también todos nosotros al individuo al que le entregamos nuestras cabezas para que haga sobre ellas lo que a sus manos se les ocurra? ¿No contribuyen nuestras compras a satisfacer, además de las arcas del Estado, las billeteras empresariales? Es cierto que el 21 % es IVA, pero el restante 79 % ¿adónde va?
El hombre cacerola no se hace estas ni otras preguntas. Su mirada es simple y contundente: el Estado es un voraz depredador del esfuerzo individual, y malgasta la recaudación repartiéndola entre vagos y charlatanes. Para colmo de males, bajo la administración de algunos gobiernos como el que está en Balcarce 50 en estos momentos, la maldad es todavía mayor porque, encima, parece gozar con el reparto de "dádivas". Vale decir, el individuo bueno, honrado, decente y trabajador, estaría siendo robado por una "manga de atorrantes". ¿Cómo no odiar a los responsables de tamaño atraco?
¿Derecha marxista?
A estas alturas sí cabe preguntarse de donde viene el razonamiento según el cual el dinero que el hombre y la mujer producen es usufructuado por otro que se queda injustificadamente con una parte. ¿No se parece esto demasiado a la plusvalía? Se trata, en realidad, una inversión del concepto de la plusvalía, aquel aporte de la teoría económica de Marx: el desenmascaramiento del "truco" del capitalismo es quedarse ilícitamente con parte de los beneficios producidos por el trabajador. Por las dudas, vayamos al mataburros. Dice el diccionario de Economía Política de Borísov, Zhamin y Makárova: "Al organizar la producción, el capitalista desembolsa una determinada suma de dinero para adquirir medios de producción y para comprar fuerza de trabajo sin perseguir más que un objetivo: obtener un excedente de valor sobre la cantidad de dinero inicial anticipada por él, es decir: obtener plusvalía." El hombre cacerola da vuelta la teoría marxista: donde Marx dice Capital, el hombre cacerola escribe Estado, y donde Marx habla de capitalistas, el hombre cacerola señala: gobierno. Según el hombre cacerola, entonces, el que se queda con la plusvalía del trabajador (y del empresario, del estanciero, de todos los "hombres y las mujeres de bien"), no es el dueño del capital, sino el Estado. El Estado, para el hombre cacerola nunca fue benefactor sino malhechor, es el malo de la película, el peor de los malos. Nombrado como "el poder", identificado con "el gobierno", no hay quien la rescate. Según su particular modo de ver la realidad, es el gran culpable de todos los males. En las campañas de la UCD se lo identificaba con un elefante.
Esta aparente confusión es un eje importantísimo en la base doctrinaria cacerolera. Del pensamiento liberal se toman todas las "verdades" referidas a la economía: apertura de mercados, baja de los "costos" (entre ellos el salario, las ayudas sociales), etcétera.
De la izquierda toma uno de los ejes del pensamiento de Marx y lo da vuelta como una media. Con eso construye su mélange supuestamente apolítica pero, como se ve, tan política que es ambidiestra.
Poquito a poco, el hombre cacerola macera su ideario. Se prepara para la acción. Un susto, un entusiasmo lo puede traer a los escenarios en cualquier momento. Ideológicamente sigue siendo "puro", "irreprochable".

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