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EDITORIAL
Sin perspectiva histórica

La noticia sobresaliente de la última quincena no ha pasado por otro lado que no sea el fallecimiento del ex presidente Raúl Alfonsín y, como si respondieran a una especie de ley mediática de esta era, la enorme mayoría de los medios aprovechó un hecho ciertamente trascendente de la realidad para provocar otro quizás más trascendente: hacer de un hombre importante de la vida pública nacional, una figura mítica, cuasireligiosa, destinada a ocupar un lugar que muy poco tiene que ver con el que hasta hace unos días parecía ocupar en el imaginario social.
No es nuevo esto de escribir la historia tergiversando sus causes más profundos, quizás en el pasado deconstruir un personaje contemporáneo en tan poco tiempo y de esta manera hubiese resultado imposible, entre otras cosas, porque no debiera haber sido tan fácil engañar a toda una ciudadanía acerca de la vida destacada de tal hombre o cual mujer. La novedad, por estos tiempos, es que a horas del deceso la maquinaria perversa de los medios ya estaba concibiendo otra historia, y lo que es peor, una historia que ya ni intenta responder a ciertos lineamientos ideológicos en la interpretación de la misma sino a una mera disputa que se mantiene frente a un gobierno nacional.
Hacer de Alfonsín un hombre "bueno", "dialoguista", respetuoso de las instituciones y otras yerbas, no tiene ninguna otra intención que contraponerlo a la figura del matrimonio kirchner que hoy está presentado frente a la sociedad como la antítesis de estos altos "valores democráticos". No hay nada más que eso, golpear al gobierno. La receta es tomar una figura, mistificarla y elevarla a las alturas de un prócer para que luego la mayor parte del arco político pueda montarse y cabalgar sobre ella. Entonces se verá y escuchará a los que muchísimas veces lo denostaron, hablar sobre sus valores y concepciones de la vida, sobre las nefastas consideraciones que tenía, casualmente el líder radical, de la soberbia, de la indecencia, de la falta de diálogo y toda la batería de sandeces que hoy se le pretende endilgar desde la oposición -anótese en ella a sectores políticos, del campo, y a los grandes medios nacionales- al gobierno kirchnerista. La operación llegó a momentos de esplendor, incluso, con la eventual candidatura de Ricardo Alfonsín, que sólo por su calidad de "hijo" pasó a ser el hombre político excluyente durante toda esta semana.
De una figura como Raúl Alfonsín, que en parte representa a una época signada por la vuelta definitiva a la democracia, se deberá hacer un análisis profundo que va mucho más allá de las fantochadas mediáticas y que, en principio y a la distancia, deberá incluir una zona de grises para su comprensión. Lo que sí es seguro es que no fue justamente por una actitud "dialoguista" de su gobierno que se hayan producido hechos positivos como el juicio a las juntas militares, o de un primer intento -que por impericia o imposibilidad nunca se pudo llevar a cabo- de cambiar los ejes económicos neoconservadores establecidos desde el golpe de estado. Tampoco fue por "prudente" el acercamiento a países del tercer mundo y el acuerdo por el Mercosur, o que haya empujado la ley de divorcio, ni que por algún tiempo se haya ganado el odio y los insultos de toda la Sociedad Rural Argentina por el nivel de retenciones agropecuarias que se impusieron en algún período de su gestión.
Por el contrario, cuando se apuntan las zonas oscuras de su gobierno, esas virtudes de "estadista" o de "líder democrático"  no parecieran haber representado un avance en las condiciones políticas y sociales de aquellos tiempos. Vale recordar "la casa está en orden" frente a una multitud en Plaza de Mayo -luego de acordar con Rico y sus carapintadas las leyes de punto final y obediencia debida-; o el reconocimiento irrestricto de la deuda externa fraudulenta que dejaba el gobierno militar, o el fatídico Pacto de Olivos que, sin entrar en detalles, fue la llave que le permitió a Menem terminar su obra siniestra.
Sobre el final de su presidencia, y con el "empujón" de lo que se definió como un golpe de mercado, nada parecía que podría ser peor. Hoy, y sobretodo luego de la fatídica década menemista donde se demostró largamente lo contrario, se pueden encontrar puntos de valoración en su trayecto que merezcan ser reconocidos por la historia. Pero pretender llevarlo al altar como "el padre de la democracia", o "el hacedor de la democracia" es un hecho bochornoso, es una reducción histórica inaceptable y un insulto a la inteligencia. Principalmente cuando se descubre quiénes son los que pretenden construir ese altar para sacar provecho propio.
Más allá de lo que quieren vender estos periodistas mentecatos, algún día también habrá que reflexionar acerca de qué es lo que compra, a fin de cuentas, esta sociedad.

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